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20150501

Avances promisorios


Dicen que nada grandioso ha salido de una zona de confort. Imaginemos contar con políticas públicas en educación y transparencia como las de Finlandia; o de innovación al estilo de Corea o Israel; políticas ambientales como las de Holanda, o energéticas como las de Alemania; políticas de salud pública o de ordenamiento territorial similares a las de Japón, o políticas de desarrollo marino-costero como en Noruega. Es por eso que percibo con enorme ilusión los avances de Costa Rica en el proceso de adhesión a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE.

La semana del 20 al 24 de abril, tuvimos una destacada presencia en la OCDE. Ha significado la primera visita de alto nivel desde que la organización decidió invitar formalmente a nuestro país a iniciar negociaciones de adhesión este mismo mes.

La presencia y participación de la señora Vicepresidenta, Ana Helena Chacón, reiteró el marcado empeño que ha puesto el gobierno costarricense por acercarse a la OCDE. En la cita bilateral que sostuvo con el Secretario General de la organización, Ángel Gurría, recibió las felicitaciones por la determinación política y los esfuerzos que ha realizado la Administración Solís Rivera por impulsar este proceso. También, el señor Gurría aprovechó para lanzarle a nuestro país el desafío que emprende la organización día con día: cómo transformar información y datos en mejor bienestar ciudadano.

La Vicepresidenta Chacón conversó extensamente con las autoridades de la OCDE encargadas de agenda social. Aquí se trataron temas tales como desarrollo inclusivo, empleo, educación, financiamiento de la salud pública, pensiones, innovación y migración, entre otros. En respuesta, la organización enfatizó que procuran promover el diseño de políticas públicas que impulsen el crecimiento económico y más efectivamente distribuyan la riqueza. Esto permitió identificar paralelismos entre los desafíos en las agendas de OCDE y del país.

En otro foro, el Ministro de Comercio Exterior, Alexander Mora, participó en el Comité de Comercio, que se reúne dos veces al año, para presentar el Examen de Apertura Comercial. Dichos exámenes son revisiones exhaustivas que realiza la organización para contar con una especie de fotografía actualizada de un país, analizando las políticas públicas actuales, su nivel de eficacia, y comparándolas con las mejores prácticas o estándares de la OCDE misma.

Los comentarios positivos y las preguntas de los países miembros no se hicieron esperar, dejando claro que le dan la bienvenida a nuestro país en su proceso de adhesión, y también recordándonos que será un proceso arduo, estricto e intenso por los altos estándares que representa la institución.

Se participó también en el examen de gobernanza pública. La representación del país estuvo a cargo de la señora Ministra de Planificación, Olga Marta Sánchez, así como del Viceministro de Egresos del Ministerio de Hacienda, José Francisco Pacheco. Ellos comentaron sobre el examen e hicieron una presentación robusta y asertiva acerca de las áreas por mejorar que la Administración misma ha identificado. Ambos recibieron consultas de países miembros así como una lista de áreas que el examen mismo señala.

Vemos nuestra relación con la OCDE como una oportunidad única para el aprendizaje mutuo. Esperamos aprender tanto como sea posible de los países miembros y de la Secretaría, y además esperamos contribuir nuestra experiencia y mejores prácticas. Estamos comprometidos a enriquecer el diálogo sobre mejores políticas públicas con la perspectiva de una economía pequeña y dinámica, integrada globalmente, socialmente consciente y que ha posicionado al desarrollo humano y a la sostenibilidad ambiental a la cabeza.

La invitación del Consejo de la OCDE para iniciar las conversaciones de adhesión es un punto de inflexión en la historia patria. Marca un antes y un después en términos de la formulación e implementación eficaz de políticas públicas, para la oportuna obtención de resultados. Tener acceso a las mejores recomendaciones, a los análisis basados en evidencias científicas y a las discusiones de expertos ayudará a guiar e informar las transformaciones que Costa Rica requiere para alcanzar el siguiente nivel de desarrollo y bienestar de sus habitantes.

Salgamos de nuestra zona de confort en lo que a gobernabilidad y políticas públicas se refiere. Apropiarse de nuestros éxitos presentes y pasados es clave para alcanzar el éxito futuro. Todavía no es momento de celebrar, pero se están dando pasos firmes y concretos. Vamos por buena senda. Esta será una buena cosecha para Costa Rica.

20140830

Oportunidad de los mil días


En medio de la consternación generalizada por el informe presidencial de los primeros cien días de gobierno, tuve el enorme placer de participar este día en el taller de diseño de experiencias en la Universidad Veritas, invitado por la Universidad para la Cooperación Internacional (UCI). Expositores nacionales y extranjeros, todos de calidad mundial, deleitaron a unos 200 jóvenes costarricenses sumamente preparados y curiosos por aprender más sobre las técnicas más avanzadas de diseño de experiencias para usuarios de productos y servicios.

Como consumidor que soy de nuestro sistema democrático, incorporé valiosos aprendizajes para mejorar la prestación de servicios que ofrecen incontables instituciones públicas del estado costarricense, muchas de las cuales han caído en la obsolescencia o padecen de ineficacia crónica.

Me ha parecido, desde meses y años atrás durante mi participación en la función pública, que la nueva democracia participativa del presente siglo demanda de la ciudadanía mayor iniciativa y capacidad de gestión en la atención de problemas públicos.

Si bien es cierto que en los últimos 200 años la civilización humana ha evolucionado aceleradamente en diversas áreas tales como medicina, tecnología, educación, infraestructura, agricultura y ciencias, en materia de gobierno seguimos utilizando instituciones y políticas que han cambiado poco en ese mismo plazo. Para peor, la dinámica de las sociedades humanas se ha sofisticado vertiginosamente y los conflictos tienen hoy mucha mayor complejidad que cuando se diseñaron aquellas instituciones y políticas. Necesitamos avanzar.

En Costa Rica estamos viviendo una situación histórica –por inusual- en materia política. Contamos con un poder legislativo disgregado en una amplia gama de minorías; con un poder ejecutivo conformado por un partido político emergente y primerizo; con un poder judicial que facilita la obstrucción de proyectos impulsados y aprobados por grandes mayorías, violentando principios democráticos constitucionales; con un déficit fiscal grave y creciente producto de bajas tasas impositivas, de recaudación ineficiente, de alta evasión, de alto gasto público, y con inadecuados incentivos para la inversión, la innovación y el crecimiento económico.

Todo este escenario de crisis me recuerda mis años en China y Japón, donde el término “crisis” se escribe con uno de los mismos ideogramas del término “oportunidad.”

No basta con salir a pedir manos a la obra. Se necesita buenas ideas. Se necesita conceptos claros que nos permitan alcanzar entendimientos y acuerdos. Se necesita de planes de acción. Sobre todo, se necesita de una actividad política por proyectos, donde varios grupos de personas gestionen transversalmente entre sectores público, privado, sociedad civil organizada, académico y de ciudadanía participativa, el avance de temas específicos en áreas críticas para el desarrollo del país.

Adonde queremos llegar, como nación civilizada, es a niveles de desarrollo cultural que nos permitan mejorar la experiencia de vivir en Costa Rica y aumentar el bienestar, la calidad de vida, el entusiasmo, la confianza, la seguridad y la prosperidad para todos.

Para llegar allá, ya no podemos seguir intentando resolver los problemas por las mismas vías como repetidamente hemos fallado en el pasado, como advirtió Einstein desde hace décadas. Los períodos presidenciales son demasiado cortos para lograr transformaciones profundas que requieren del largo plazo para gestarse. Los incentivos que tiene el sistema electoral obligan al partido en el poder a gobernar siguiendo el termómetro de la opinión pública. La prensa tiene una participación mayoritariamente reactiva, no proactiva, ante las necesidades de comunicación, y el consumo de aquella información en las redes sociales magnifica asuntos de poca monta que sólo aumentan el ensordecedor barullo del reclamo, del berreo, de la crítica destructiva, de esa violencia cada vez más manifiesta y menos solapada que expresamos en redes sociales, nosotros, costarricenses, hijos y nietos de un país desmilitarizado y pacífico. Deberíamos escuchar más de lo que hablamos si queremos forjar acuerdos vigorosos y duraderos.

La experiencia que tuve hoy en el taller de diseño de experiencias me llena de entusiasmo y de ilusión. Me permite imaginar y visualizar un futuro realizable en el término de nuestra generación; quizás en el transcurso de la actual administración. Me permite renovar mi ya de por sí inagotable optimismo por un futuro más próspero y más desarrollante para los habitantes de este noble pueblo.

Albergo la esperanza de que ustedes, amigos, vecinos, colegas, compañeros y aliados en diversas campañas, también opten por una actitud positiva, constructiva, madura, sensata, sobria, seria y desarrollante ante la tremenda oportunidad que se nos presenta hoy más que nunca, para revertir las tendencias degradantes que reducen el riquísimo capital social de esta nación, y nos enrumben hacia el progreso que todos anhelamos, aspiramos y merecemos.

20140730

¡Hagamos un monorriel!


Cómo aguantamos los costarricenses el estado de embotellamiento en el sistema de transporte vial, es una gran interrogante que me he planteado estas últimas dos semanas desde que regresé al país.


Recorrer en carro cinco kilómetros en 45 minutos es la misma velocidad que si caminara. Viajar en bus en hora pico es terrible. El humo de los buses penetra por las ventanas abiertas o por rendijas, y si llueve la situación empeora dramáticamente por el vaho que despedimos los pasajeros con las ventanas cerradas.

¿Qué estamos esperando? ¿Que los problemas los resuelva el gobierno? ¿Cuánto tiempo más podemos o queremos esperar? Prefiero actuar. Por eso comparto esta idea de solución de transporte público que podría transformar nuestra ciudad capital en tres años. En apenas tres años.

Imagínese un monorriel que viaje a unos 6-8 metros sobre la carretera, apoyado en pilares de apoyo centrales que ocupen menos de un metro cuadrado cada uno a lo largo del trayecto. Sería un trencito de dos vagones, con aire acondicionado, cómodos asientos y buena conexión a internet, además de ventanas panorámicas para disfrutar el paisaje montañoso y volcánico del Valle Central, algo que agradeceríamos tanto los locales como los turistas que nos visitan.

El monorriel pasaría cada tres minutos y viajaría a una velocidad que garantice hacer el recorrido deseado más rápido que en carro a cualquier hora del día. Iniciaría a las 4:30 am y haría un último recorrido a medianoche, como en muchas ciudades desarrolladas del mundo.

Las primeras dos líneas recorrerían desde Ochomogo hasta Ciudad Colón con paradas cada kilómetro y medio (habría que caminar unos 800 metros como máximo para llegar a la estación más próxima a lo largo de la línea). La segunda línea saldría del aeropuerto Juan Santamaría y viajaría por Santa Bárbara de Heredia, Heredia centro, San Pablo, Santo Domingo, Tibás, Uruca, La Sabana (donde se cruzaría con la primera línea) y se enfilaría hacia los barrios del sur: San Sebastián, Desamparados, Aserrí.

Esto desahogaría las calles, en especial en hora pico, pues sería el medio de transporte más eficiente, cómodo y seguro de la ciudad. Además, el más barato (y gratuito para estudiantes de escuela y colegio, para ciudadanos de oro, accesible para personas con alguna discapacidad, etc.)

También, permitiría transformar en vías peatonales unas 60 a 80 cuadras del casco central de San José y promover innovaciones sociales como el préstamo de bicicletas, comercio de artesanías y otras ventas callejeras ordenadas y salubres, actividades artísticas y culturales, ferias agrícolas permanentes, y llevar más dinámica social, comercial y residencial al centro histórico de la ciudad.

Por si fuera poco, aumentaría de inmediato la competitividad del país ante otros países vecinos con quienes competimos a diario en atracción de inversión extranjera directa. Trabajar y operar desde San José sería más atractivo que en cualquier otra ciudad de América Latina.

Durante mi gestión diplomática en Japón, fui testigo del creciente interés de las autoridades japonesas por el eventual ingreso de Costa Rica a la Alianza del Pacífico. El Ministerio de Economía, Comercio e Industria contrató a una empresa consultora de renombre global para realizar estudios de oportunidad para la inversión pública en los países miembros de dicho grupo, incluyendo Costa Rica.

Antes de su primera visita a Costa Rica, hablé con los consultores y les pedí prestarle especial atención a dos sectores: transporte público en la Gran Área Metropolitana, e internet inalámbrico de banda ancha para telefonía celular de punta. Al regresar a Japón, sus estudios confirmaron la necesidad que existía en San José de un transporte público urbano moderno, eficiente, de excelente calidad, así como de un mejoramiento en la infraestructura de telecomunicaciones para el usuario.

Antes de su segunda visita a Costa Rica, les conversé acerca de la posibilidad de invertir en el monorriel que describí arriba. Un proyecto de este tipo costaría unos US$2000 millones (o menos de cuatro veces lo que iba a costar la ampliación de la carretera a San Ramón que, al final, ni se hizo). Lo amortizaríamos en unos cuantos años con solo ahorrarnos buena parte de la factura petrolera que gasta el país cada año para comprar crudo del exterior. ¡Ni qué decir de lo que se limpiaría el aire de la ciudad!

La situación actual del gobierno japonés y su política económica denominada Abenomics ha abierto múltiples canales de inversión en el extranjero para promover sus industrias y tecnologías. El estrecho acercamiento que Japón ha buscado con la Alianza del Pacífico significa una oportunidad histórica para Costa Rica en sus relaciones con nuestro más viejo amigo y socio en Asia.

Darle seguimiento a esta iniciativa no depende del gobierno. ¡Depende de los costarricenses! Compartamos esta visión. Si una masa crítica de nosotros estuviéramos convencidos de que esto es útil, necesario, realizable, y que le agregaría valor a todos los habitantes de la ciudad, entonces el gobierno no tendría más remedio que escucharnos, que emprender en esa dirección, que crear el valor que el propio pueblo está indicándole.

Iniciemos esta conversación. Será un placer para mí facilitarla.

20140427

Azul - (publicado en Cuentos Verdes, 2012)

Este cuento fue incluido como una de las 10 obras ganadoras del concurso y posterior publicación "Cuentos Verdes" en 2012, organizada y patrocinada por Lápiz de Bambú, Editorial Epsilem, Fundación Neotrópica y Su Papel. 
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Daniel, el hermano mayor de Iván, estudiaba en la universidad. Cursaba el tercer año de la carrera de arqueología. Iván, un pre-adolescente en segundo año de colegio, admiraba a su hermano y lo quería muchísimo. Esta era la primera vez que Daniel se iba de la casa por un período prolongado e Iván anhelaba verlo de nuevo.

Los padres de ambos acordaron visitarlo por el fin de semana en su estudio de campo en Diquís, adonde Daniel afanosamente intentaba elaborar explicaciones académicas sobre las majestuosas esferas de piedra de aquel misterioso valle. Hacía un mes que no lo veían.

Iván tenía prohibido este fin de semana usar su perenne vídeo juego, que lo cargaba como un parásito adonde fuera. Sus padres querían que prestara más atención al proyecto universitario de su hermano y que interactuara más con la gente en el lugar. Así que después de muchas horas aburrido en el carro desde la madrugada, finalmente pudo estirar las piernas al mediodía al llegar a Palmar.

Hacía calor. Estaba muy húmedo, como siempre y no se movía ni una hoja. Brillaba el sol y resplandecía el cielo azul aunque se divisaban nubarrones grises y densos a la distancia que presagiaban aguaceros. Llovería en la tarde. El sonido ensordecedor de las cigarras era irritante para Iván.

Daniel los recibió con abrazos efusivos. “Qué, Ivancho, en to’as?”, saludó a Iván. “Pura vida”, respondió este. “No se pierda en los matorrales porque por ahí asustan”, advirtió Daniel. Inmediatamente esto llamó la atención de Iván, acostumbrado a catacumbas y acertijos en sus juegos de vídeo. Se desconectó de la conversación de su hermano con sus padres y comenzó a explorar el terreno.

Había unas bicicletas apoyadas en la varanda. “Y esas biclas?”, le preguntó Iván a su hermano. “La roja es mía”, dijo Daniel. Procedió Iván a travesearla. La montó para dar una vuelta y decidió entrar en uno de los senderos. Después de un par de curvas, llegó a una explanada que más parecía un charral que había sido chapeado hacía un mes. En el centro del lote yacía una enorme esfera de piedra. Pese a que estaba a unos cuantos pasos de distancia, no se podía llegar en bicicleta entre la maleza. Así que decidió volver al sendero.

Cuando volteaba la bicicleta vio la silueta de una niña esconderse detrás de la piedra. “Ey!”, le gritó Iván. Ella no respondió. Se bajó de la bicicleta y fue tras ella en el zacatal que rodeaba la esfera. Era ciertamente enorme, de unos dos metros y medio de diámetro y montada sobre una base también de piedra de unos 30 centímetros que la hacía verse aún más grande.

“¡Ey!”, escuchó que le decían. Iván miró hacia arriba y la encontró subida en la gran piedra. No podía verle el rostro, sólo su silueta que lo cubría del sol. “¿Cómo se subió?”, le preguntó él, asombrado. “Trae la bicicleta y te ayudo”, instruyó ella.

Él corrió entre la maleza que alcanzaba la altura de sus rodillas y con dificultad forzó la bicicleta hasta la piedra. La apoyó y se paró lentamente en la barra, después colocó un pie en el asiento y otro sobre la manivela. Aún así, los brazos extendidos no le llegaban al polo superior de la esfera que estaba caliente por el sol.

 “¡No llego!”, reclamó Iván. La niña se acostó boca abajo en la cúspide de la esfera y extendió sus brazos hasta que sus manos encontraron las de él. “¡Salta!”, le ordenó ella mientras lo haló hasta arriba con una fuerza y una sutileza que sorprendieron a Iván.

“¡Jué, qué alto!”, advirtió él, con asombro. “Cómo te llamas?”, preguntó ella. “Iván”, respondió escuetamente. “Yo soy Azul”, replicó ella. “Ese es tu nombre?”, cuestionó Iván. “Así quiero llamarme”, sentenció ella.

Azul no era una niña. Era una anciana de piel arrugada y pelo blanco atado en una trenza. Vestía una camisa blanca de manga larga que le bajaba casi hasta las rodillas y un pantalón de manta color marrón. Su tono de voz era dulce, amigable. No sonaba como la anciana que era y su fuerza tampoco era la de una persona mayor.

“¿Y qué hace aquí?”, preguntó, curioso, Iván. “Aquí he vivido por mucho tiempo”, respondió Azul, “¿y tú?” “Vine con mi familia a visitar a mi hermano.” “Daniel”, agregó ella, en tono interrogatorio. “¿Cómo sabe? ¿Lo conoce?”, consultó él, sorprendido. “Sé quién es, pero nunca hemos hablado. Le agradezco que quiera y cuide tanto mis piedras”, dijo Azul, acariciando la roca en la que estaban ambos sentados.

“¿Son muchas?”, preguntó Iván. “Cientos”, dijo ella, “pero quedan pocas aquí. Se las han ido llevando”, agregó. “Quiénes?”, inquirió Iván. “Distintas personas. Estuvieron bien resguardadas hasta que llegaron los que vinieron a botar el bosque y matar los animales. Aquí había un bosque interminable lleno de humedales y miles de animales. Todo se ha ido extinguiendo y sólo queda el recuerdo de lo que fue”, dijo Azul, con evidente nostalgia.

“Yo no veo muchos animales por acá, aparte de la cantidad de mosquitos y cigarras”, musitó Iván, creyendo consolarla. “Si quieres, te enseño cómo era todo esto”, propuso Azul, “cierra los ojos y te llevo con la mente.” Iván accedió.

“Toma una respiración profunda y exhala lentamente,” comenzó Azul. “Sentirás que tu cuerpo es muy leve y flota sobre la piedra…” Iván sintió que flotaba en el aire y comenzó a visualizarse por encima de la piedra, luego por encima de la selva, y pronto pudo visualizar las dos costas ricas del istmo centroamericano. “Vas a sentir que viajas a la velocidad de la luz y más, y sentirás que transcurre mucho tiempo en pocos segundos”, continuó ella. “Lentamente, volvemos a la piedra”, murmuró Azul.

El descenso fue veloz y, al aproximarse a la esfera, Iván percibió la selva diferente. Lo que era pasto y maleza se había tupido de inmensos árboles. Volaban múltiples bandadas de aves multicolores. Los sonidos animales provocaban un barullo escandaloso. Aves piaban, congos aullaban, ranas croaban. Manadas de monos se desplazaban con asombrosa agilidad entre las ramas de los árboles. Parecía que jugaban. Unos eran de cara blanca. Otros más oscuros de brazos extensos. Aún otros, los más ágiles de todos, bajaban al suelo, corrían, subían de nuevo, chillaban ruidosamente. ¡La selva parecía estar de fiesta!

El suelo estaba cubierto de hojas secas y había familias enteras de mapaches, tepezcuintes y zorrillos por doquier. Una que otra serpiente anidaba o guindaba de los árboles. También se divisaba algún ocelote con cría y una manada de tapires que recorrían la orilla de un riachuelo.

“¿Cuánto tiempo ha transcurrido?”, preguntó Iván “¡todo cambió muy rápido!”, exclamó. “Nos hemos devuelto 600 años en el tiempo. Así lucía esta selva entonces”, afirmó Azul. “¿Y por qué cambió tanto?”, consultó de nuevo él. “¿Un incendio?”, sugirió. “Ha habido muchísimos, siempre. Cuando cae un rayo y algún árbol se incendia, el fuego se propaga velozmente por las hojas secas del suelo. Eso le cae bien al bosque pues las cenizas le agregan fertilidad a la tierra,” explicó ella.

“Tal vez algunos extraterrestres vinieron y se llevaron los árboles,” continuó elaborando Iván. “¡Te acercas a la respuesta correcta!”, anunció Azul. “Sólo que no eran seres de otro planeta, sino de este mismo,” sentenció. “¿Y por qué lo hicieron?”, inquirió Iván.

“Tu pregunta es pertinente. La persona que entra al bosque a llevarse algo no lo hace pensando en causar un daño sino en obtener un beneficio. Sin embargo, desconoce el costo que tiene para el bosque aquello que se ha llevado. Podemos entrar al bosque y llevarnos los frutos maduros de los árboles. Uno de los costos es el tiempo que le tomará a esos árboles producir nuevos frutos maduros. Si entramos al bosque y nos llevamos los árboles que daban frutos, el costo es mucho mayor pues, aparte del tiempo necesario para que vuelvan a crecer nuevos árboles, tampoco habrá más frutos,” ilustró Azul.

“Pero no todos los árboles dan frutas”, afirmó Iván. “Precisamente,” agregó Azul, “el que se lleva el árbol pensando no en sus frutos sino en su madera para leña o para construcción sigue procurando el beneficio sin pensar en el costo de renovación del árbol en el ecosistema.” Iván quería saber más: “¿Cuánto tiempo dura creciendo un árbol?”

“Depende de la especie. En estos bosques ha habido especies que requieren quinientos años para alcanzar la madurez, como el guayacán real,” explicó Azul. “¡Quinientos años!”, exclamó Iván, atónito. “Entonces si los sembramos hoy jamás los veré madurar!”, agregó.

“Así es. Sin embargo, los miles de árboles de quinientos y más años de madurez han sido talados en procura de beneficios que el bosque ha generado para algunas personas en el pasado,” analizó Azul.

“Pero ¡nos hemos quedado sin árboles! ¡No tenemos ni frutas ni madera…!”, recriminó Iván. “Ni bosque, ni nidos de aves, ni hojas secas para producir nueva tierra,” añadió Azul. “La degradación de un ecosistema desplaza la vida habitual del bosque –su hábitat- y disminuye permanentemente la riqueza natural del medio ambiente,” explicó.

“¿Cómo se mide la riqueza del bosque aparte de frutas y madera?”, consultó Iván. “El aire limpio y el agua potable que consumimos viene, en buena parte, de los árboles que liberan el vapor de agua que forma nuevas nubes y lluvia. También liberan oxígeno, esencial para la respiración de las especies animales. Imagínate que tuvieras que pagar por limpiar el aire y el agua. ¿Cuánto te costaría?”, planteó ella. “Sería carísimo…”, intuyó Iván. “Y además prácticamente imposible que el ser humano produzca todo el oxígeno y vapor de agua necesarios para que florezca la vida en el planeta entero. Esos son servicios ambientales por los que no pagamos pero son la esencia para la vida. Es la mayor riqueza que existe,” concluyó Azul.

“Pero también necesitamos comer y construir casas, mesas, sillas…”, declaró Iván. “Por supuesto, y eso nos obliga a buscar el balance entre lo que podemos llevarnos del bosque y el tiempo que tomaría regenerar aquello. Por ejemplo, si hay una siembra de manzanas que produce suficiente para que todos comamos, pareciera que lo mejor es llevarse las frutas pero no los árboles,” explicó Azul. “Continuemos la visualización,” propuso ella.

Iván visualizó elevándose de nuevo y desplazándose por encima del enorme bosque. Veía caudalosos ríos y voluminosas cascadas rodeadas de un espeso manto pintado de diferentes tonos de verde. Parecía tener la textura de una suave alfombra. Iván siguió los caminos dibujados por las cascadas y los ríos elevándose entre las montañas cubiertas de niebla, nubes y alguna llovizna.

“Estamos llegando al Gran Valle del Jaguar,” anunció Azul. Iván divisó tres protuberancias a lo largo de la inmensa cordillera. Los cráteres de tres volcanes eran imponentes muestras de la entraña de la Tierra que busca salida para respirar y liberar energía de vez en cuando.

“¿Por qué se llama así?”, preguntó Iván. “Este lugar es sagrado,” inició Azul. “Por miles de años las cenizas de estos volcanes han bañado el bosque del valle y lo han convertido en la tierra más fértil de la región. Los árboles aquí crecen más rápido, más alto, más fuertes. Los frutales dan frutos todo el año. Aquí siempre es fresco, siempre es soleado, siempre hay agua. La fiesta de la selva que viste en el Diquís aquí se hace carnaval. Aquí encuentras a los reyes de la selva porque es donde hay más comida. Aquí reina el jaguar y la pantera. Son criaturas imponentes, maravillosas,” agregó.

“¿Peligrosas?”, inquirió Iván. “El jaguar y la pantera son celosos de su territorio, igual que muchos otros animales e incluso los seres humanos. Ellos suelen buscar alimentos del tamaño de sus necesidades. Son grandes cazadores. Pueden subir a los árboles y nadar con agilidad. De noche son infalibles. Además, las panteras son invisibles en lo oscuro, y además sigilosas, que de un zarpazo neutralizan a cualquier presa. Por eso los pobladores de lugares aledaños consideran al Gran Valle sagrado. Es hermoso,” manifestó Azul. “Al amanecer y al atardecer hay estremecedor concierto de aves, desde el melodioso yigüirro hasta el armónico cuyeo…”, continuó.

“¿Qué es un cuyeo?”, preguntó Iván. “Hace días no se oyen. Su nombre es una onomatopeya, pues es una pequeña ave que, con su característico sonido, pareciera estar diciendo ‘cuyeocuyeo…’”, explicó Azul. “Se han ido con los bosques, sobre todo con las especies de árboles frutales que es de lo que se alimentan esa y otros cientos de especies de aves más en estas tierras,” lamentó Azul. “Cientos?”, repreguntó Iván. “Claro! Por aquí habitan más de ochocientas especies diferentes de aves. Todas necesitan árboles para anidar o frutas para alimentarse,” respondió ella.

Iván se visualizó sobrevolando los bellos montes que dan inicio a las extensas praderas del Pacífico norte. “Este es el bosque tropical seco, una joya en el ecosistema planetario,” avisó Azul. “¿Cuál es su riqueza?”, consultó Iván. “Es un bosque muy cambiante según la temporada. En época seca los árboles pierden su follaje. Parecen esqueletos. Los animales grandes, como venados y monos, migran a otras zonas en busca de comida. En la época de lluvias regresa la vida a la zona con el florecimiento de árboles y el correr de riachuelos que forman grandes lagunas y humedales río abajo. Regresan los venados, proliferan los anfibios como ranas, serpientes e iguanas y abundan los monos.

“¿Es posible recuperar el bosque?”, continuó preguntando Iván. “Claro que sí, sólo que toma muchos, muchos años,” explicó Azul, “lo importante es sembrar nuevos árboles y garantizar que llegarán a maduros. Eso es lo importante de proteger bosques para la posteridad,” agregó. “¿Como los Parques Nacionales?”, consultó Iván. “Exactamente,” respondió ella. “¿Y por qué no hay más parques nacionales?”, inquirió Iván, siempre acucioso. “Es una buena pregunta y me temo que no tengo una buena respuesta,” respondió Azul con franqueza. “Es un esfuerzo nacional que tiene grandes beneficios para todos, no sólo para el pueblo sino también para la biodiversidad local y para la vida en el planeta. Lo mismo se puede hacer con las zonas costeras, protegiendo las que aún mantienen su ambiente natural o tienen alguna característica particular en el ecosistema. Por ejemplo, las playas donde anidan tortugas. Hay pocos lugares en el mundo adonde esto sucede. En estas ricas costas anidan cinco de las siete especies de tortugas marinas en el mundo,” celebró ella.

 “¡Qué riqueza!”, exclamó Iván. “Sin embargo pocas personas lo saben,” lamentó Azul. Todavía es mucho lo que se puede avanzar en bio-alfabetización,” planteó ella.

“¿Qué es eso?”, preguntó Iván. “¿A qué te suena?”, devolvió Azul. “Suena como a saber leer biología,” sugirió Iván, casi riéndose. “¡Muy bien! Es saber leer y entender los procesos biológicos, o sea, los procesos de la vida,” aclaró ella, y agregó: “Como el ciclo del agua y del oxígeno que hablábamos antes, y el proceso de descomposición de desechos orgánicos para la creación de nueva tierra fértil, las cadenas alimenticias entre especies, la fotosíntesis para el crecimiento de materia vegetal que es alimento para todos, y por supuesto que también es importante entender el proceso del cambio climático del cual se habla hoy en día.”

“¿El calentamiento global?”, tanteó Iván. “Sí, esencialmente ese es el síntoma más evidente y es un aumento en la temperatura a largo plazo en todo el planeta. En los últimos 30 años la temperatura promedio en la Tierra ha subido casi un grado centígrado. Eso afecta el ciclo del agua pues derrite el hielo en los polos y glaciares, aumenta la evaporación de agua de mar y altera la estabilidad de ecosistemas, conduciendo a miles de especies vivas a la extinción,” sentenció Azul. “¿Sabes qué provoca el cambio climático?”, le preguntó a Iván.

“¿Serán los gases de efecto invernadero?”, sugirió él, en tono interrogatorio. “Sí, en buena parte,” respondió Azul. “En realidad el vapor de agua es uno de esos gases que retiene el calor en el planeta e impide que regrese al espacio exterior. También hay un efecto importante en el clima global por cuenta de la deforestación. Los bosques absorben mucho carbono del aire, así que al cortar bosque reducimos la capacidad del planeta de limpiar los gases contaminantes de la atmósfera,” agregó.  

“Entonces ¿cómo se resuelve este gran problema?”, consultó Iván, preocupado. “Se requerirá un cambio de conciencia. Esto sólo sucederá cuando entendamos las causas y consecuencias del conflicto. Cada persona tiene un efecto en el medio ambiente. Debemos reducir la degradación ambiental, o sea, el efecto negativo, y aumentar la regeneración, que es el efecto positivo en el medio ambiente,” explicó Azul.

“Por eso es importante la bio-alfabetización,” afirmó Iván. “Es esencial,” decretó ella, “si no entendemos que vivimos en un planeta vivo, será imposible respetar los elementos que hacen posible el florecimiento de la vida en el planeta,” concluyó.

 “¡Es muy interesante!”, exclamó Iván con deleite, “hasta tengo ganas de ir a clase de ciencias el lunes!”

“Si quieres, regresamos a la piedra,” propuso Azul.

Iván visualizó de nuevo las planicies del Pacífico norte. Volaron por encima de la cuenca del gran Tempisque hasta el Golfo de Nicoya. Desde ahí se veía el litoral imponente: oleaje fuerte -no tan pacífico- brisa de mar, selva verde hasta la orilla de la playa. En el mar se veían sombras grandes de ballenas con sus crías y sombras más pequeñas de delfines, tiburones, atunes, peces espada y una innumerable variedad de escuelas de peces de menor tamaño. Iván se sentía emocionado y orgulloso de provenir de esta costa rica. ¡Riquísima!

Llegaron pronto a Sierpe, a ese magnífico fiordo tropical que es el Golfo Dulce. Se adentraron sobre el bosque y pronto divisaron la esfera de piedra y descendieron nuevamente sobre ella.

“Ya puedes abrir los ojos,” anunció Azul. “¡Qué experiencia más fantástica!”, exclamó Iván. Azul no respondió. Iván miró a su alrededor y Azul ya no estaba. Cerró los ojos de nuevo intentando visualizarla y no lo logró. Luego se percató de que no podía recordar el rostro de ella. Recordaba su voz y su camisa blanca de manga larga y nada más.

 “¡Ydiay güevinches! ¿Qué te habías hecho?”, escuchó la voz de su padre, quien estaba en el sendero al borde del matorral que rodeaba la gran esfera de piedra. “¡Te hemos buscado por todas partes! ¿Cómo te encaramaste en esa piedra?”, preguntó, suspicaz, el señor. Había transcurrido una hora y estaban preocupados por Iván. “¡Bajate de ahí y vamos a almorzar, rápido!”, comandó su padre.

“Pa, me ayuda a bajar, porfa. Es que estoy muy alto…”, rogó Iván. “¿Y cómo te subiste?”, preguntó su padre. “Usando la bicicleta,” respondió Iván, escondiendo parte de la verdad.

Su padre caminó hacia la piedra y sintió la presencia de alguien más en el lugar. Paró y miró hacia atrás pero no vio nada. Continuó caminando y al llegar a la gran esfera de piedra creyó ver una figura humana vestida de blanco detrás de la piedra. De nuevo, no pudo precisar nada. Ayudó a Iván a bajar y caminaron juntos de regreso al estacionamiento conversando sobre biodiversidad y ecología.

Iván devolvió la bicicleta a la baranda a la vez que su padre le comentaba a su madre y hermano que creía haber visto a alguien cerca de la esfera sobre la cual encontró a Iván. Daniel les recordó que por ahí asustaban, mientras le guiñaba el ojo a Iván pues sabía que no era posible subir por su cuenta a la esfera mayor.