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20160318

Drogas y acción climática

Temprano en la semana, antes de que se convirtiera en el escándalo mediático del momento, compartí en mi perfil el más reciente vídeo de “La Tocola”. Lo hice porque me pareció un buen ejercicio de teatro, de comedia, de cine, de producto viral para redes sociales, de denuncia, de cuestionamiento de paradigmas, en fin, un esfuerzo profesional e innovador. En pocas horas, se propagó como fuego y se convirtió quizás en la primera producción nacional en alcanzar un millón de vistas en los primeros tres días de publicación.

La polémica que ha suscitado me obligó a retirarlo porque no deseo asociarme ni con una campaña de legalización ni con la promoción al consumo de la marihuana.

Me parece que, si la intención del equipo de producción del vídeo era que tuviéramos una conversación sobre el tema, han logrado con creces su cometido. Al respecto, aprovecho para externar mis opiniones.

Primero, en Costa Rica desde hace varios años ya no se persigue la posesión de marihuana para uso personal. Meses atrás, un juzgado de Alajuela sentó jurisprudencia al preservar la inocencia de un hombre que la cultivaba para autoconsumo. En vista de que el país es signatario de tratados internacionales para el combate de drogas ilícitas, no sería posible legalizar la marihuana sin salirnos de esos acuerdos jurídicos a los que nos hemos obligado como Estado. Para todos los efectos prácticos, todo el que desee puede producir, poseer y consumir marihuana con fines de uso personal sin ser perseguido por la policía, siempre y cuando no pretenda comerciarla.

Segundo, no me prestaría para promocionar esa ni ninguna otra droga, lícita o ilícita. ¡Ni siquiera me gustan las fotos de comidas en redes sociales!

Tercero, comparto, como muchos ciudadanos de mi generación, la inmensa preocupación por el futuro de nuestros hijos y la sociedad en la que están creciendo. Mi principal temor no es si mi hija consumirá marihuana o si será víctima de violación o si será atropellada por un conductor ebrio, aunque todos son escenarios indeseables.

Mi principal preocupación es que, para cuando ella tenga mi edad, probablemente vivirá en un mundo mucho más empobrecido, injusto y degradado que el actual.

Esta semana he leído los comentarios más atroces, violentos, clasistas, arrogantes y discriminatorios que jamás imaginé leer entre compatriotas de nuestro amado jardín de paz. Me pregunto qué sucedería si reaccionáramos con la misma indignación y virulencia ante la crisis climática sin precedentes que vive el planeta hoy mismo.

Finalmente, si pudiera pedir un deseo, pediría que mi hija jamás conociera ni el tabaco ni el alcohol, drogas tóxicas que son verdaderas epidemias de salud pública y que le cuestan a los países billones de dólares al año en atención de enfermedades conexas. Es un deseo casi imposible de cumplir en una sociedad que celebra el consumo de dichas drogas, lo legaliza y lo moraliza y hasta invierte otros tantos millones en su publicidad, buena parte de ella dirigida, precisamente, a los jóvenes.

Pido disculpas si alguien se ha sentido ofendido por el vídeo publicado en mi perfil. Esa no era, jamás, mi intención. Agradezco a las dos personas que se me acercaron durante la semana a conversar sobre el tema.

20160307

Febrero de 2016: Malas noticias

Malas noticias. Perdonen que perturbe la discusión sobre la precampaña electoral estadounidense o, peor aún, la pre-precampaña electoral costarricense.  A pesar de mi inquebrantable optimismo, creo importante decir hoy algunas cosas que no podemos pasar más tiempo sin reconocer y, sobre todo, sin actuar a partir de ellas.

Hace diez años elegí como batalla y propósito de vida destinar todos mis esfuerzos a combatir el cambio climático. Justifico el que “Una verdad inconveniente” de Al Gore hubiera ganado, el mismo año, el Oscar como mejor documental y también el Premio Nóbel de la Paz por crear conciencia sobre este conflicto. He dedicado cientos o miles de horas de mi tiempo libre a estudiar y conocer lo más posible sobre el tema y mi postura al respecto ha pasado por diversas fases.

Al principio decía que nunca, en el transcurso de mi vida, aunque viviera cien años, alcanzaría a ver un medio ambiente mejor al que me recibió al nacer en 1974. Todavía lo creo, pero ya no lo digo porque aprendí que decirlo sólo provoca miedo y conduce a la parálisis. Lo que necesitamos es lo contrario.

Luego, encontré como bueno el argumento de que debemos hacer esfuerzos de acción climática por nuestros nietos, no tanto por nosotros mismos. Todavía lo creo, pero ya no lo digo porque aprendí que eso hace que muchos pospongan la tarea y le resten  prioridad al asunto.

Entonces llegué a la tesis de que, éticamente, no tenemos alternativa y debemos cambiar nuestros patrones globales de consumo, de manera que la naturaleza pueda recuperar, año a año, todos los recursos naturales que consumimos, sobre todo los renovables. Aún lo creo y lo practico, pero ya no lo utilizo como argumento porque entendí, con alguna dificultad para mis ideales, que para muchos hay valores en el quehacer humano más apreciados que la ética, como el balance de los estados financieros de una empresa.

Así fue como llegué a los negocios verdes, donde, de lo que se trata, es de crear riqueza haciendo lo correcto. Para alguien que aspira a ser bioalfabeta es un poco incómodo prostituir a la naturaleza poniéndole un valor monetario. Me parece que eso, al menos, está generando los incentivos como para que los pioneros inviertan masivamente en negocios cada vez más lucrativos y en la dirección correcta. O sea, el crecimiento verde ya da muestras que de verdad funciona como generador de capital financiero y como regenerador de capital natural.

Sin embargo, lo que me lleva a escribir estas palabras es lo que ha pasado desde el histórico y contundente acuerdo de acción climática de París en diciembre pasado, el cual es considerado como el “principio del fin” de los combustibles fósiles y la contaminación ambiental conexa.

El mes de febrero que recién terminó ha roto el registro histórico de aumento de temperaturas climáticas mensuales medidas año a año, y ese registro máximo anterior era de enero. No solo hemos iniciado el año con un incremento histórico en dos meses consecutivos, sino que ya se cumplen 10 meses seguidos de temperaturas récord mensuales medidas año a año. Las estadísticas climáticas del Ártico durante el invierno boreal son espeluznantes: hasta 16 grados centígrados por encima de lo normal, con un promedio de 10 grados centígrados por encima del promedio a largo plazo (medido en períodos de 30 años). El Ártico es el “canario en la mina” pues es el ecosistema más frágil y sensible a las variaciones climáticas.

Lo que les pido es mayor comprensión y compromiso con el problema, que no sólo me afecta a mí, ni a mis futuros nietos, ni sólo a los seres humanos. Afecta a la vida misma en todo el planeta, siendo este el único planeta del que tenemos noticia de que existe vida.

Necesitamos que esta semana, mejor dicho, hoy, en sus trabajos y organizaciones se hable del tema. Que alguien investigue un poco más de la cuenta. Que alguien comparta algún documental interesante que vio. Que busquemos estar todos en la misma página del problema y que busquemos socios y aliados académicos, políticos, empresariales, para hacerle frente a las soluciones. Por cierto, las soluciones son todas interesantes, modernas, novedosas, y plantean ganar en lo económico, en lo social y en lo ambiental.

Yo continuaré haciendo todos los esfuerzos que pueda porque el tema me apasiona y me considero un promotor entusiasta de sus soluciones. Pero yo apenas hago mi parte. Necesitamos que cada uno haga la suya.

20150827

Cambio climático: Prioridades de adaptación al 2030

El cambio climático es una alteración disruptiva que implica una pérdida en la predictibilidad de los patrones climáticos que se mantenían en equilibrio por los últimos cuatro millones de años, más o menos. Significa que ya no sabemos, con certeza científica, si lloverá o si habrá sequía, la regularidad de las mareas, la calidad y cantidad de biocapacidad en un territorio, la migración de especies terrestres y marinas, etc.

Costa Rica se encuentra en una privilegiada posición para implementar medidas de adaptación urgentes que garanticen, para el 2030, la mejor calidad de vida para sus habitantes en aquellos escenarios futuros que se avecinan. Esta es una lista de prioridades que he tratado de ordenar según la prioridad que amerita.

1. Aumentar la biocapacidad del país del 52% actual de cobertura boscosa, a 70% del territorio nacional; y del 26% de reserva de Parques Nacionales a 35%. Lo primero se puede hacer por la vía pública, privada o ambas en alianza. Lo segundo se podría realizar públicamente por medio de la compra de terrenos aledaños a Parques actuales con fondos que surgieran de la energía geotérmica. Además de aumentar significativamente la reserva de ecosistemas valiosos, quizás permitiría dar por superada la discusión de si se permite o no la exploración y explotación de geotermia en Parques Nacionales. La respuesta sería: por supuesto que sí, pues es un esquema de desarrollo que permitiría aumentar la reserva de Parques Nacionales en un 33% con respecto a la actualidad. Esto lo elaboramos con mayor detalle en El Pacto Ambiental Nacional, quizás con un grado mayor de ambición, pensando más en el 2050:

"Un pacto ambiental nacional debería estructurarse de manera similar al fondo de petróleo noruego, en el cual se centralizan todas las ganancias que se generarían a partir de la geotermia. Este “Fondo del Volcán” estaría administrado por notables líderes nacionales de la ciencia, la industria y la política ambiental y energética del país. Con representación del gobierno de turno, existiría una limitación al porcentaje del fondo del cual podría disponer el Poder Ejecutivo para el presupuesto ordinario nacional cada año. En Noruega, el Primer Ministro sólo puede disponer de 10% de las ganancias anuales del fondo para el presupuesto nacional. El dinero restante del Fondo del Volcán se utilizaría para cumplir las siguientes metas: aumentar la cobertura boscosa del país del 52% actual a 80% del territorio nacional; ampliar la protección de áreas marinas del actual 0,2% a 50%; e incrementar la cobertura de Parques Nacionales y reservas biológicas de 26% en la actualidad a 50% del territorio nacional."

Este aumento de biocapacidad debería incluir un plan de rearborización del casco urbano, lo cual generaría más sombra en la zona de mayor concentración de concreto y asfalto del país, reduciendo las temperaturas que tenderán a subir hacia el 2030 y en adelante. Además, una capital arborizada significará mayor biodiversidad y polinización de flores y cultivos, así como mayor arraigo de los suelos y prevención de inundaciones por el efecto de almacenamiento de agua que cumplen los árboles.

2. Desarrollar la requerida infraestructura que permita captar los excesos de agua que caen en la vertiente atlántica y bombear esa agua unos 100 kilómetros hacia la región del Pacífico norte, que se está viendo afectada por sequías cada vez más agresivas. Según datos oficiales de agosto de 2015, este año en el Caribe ha llovido 67% más de lo normal, mientras en el Pacífico ha llovido 70% menos de lo habitual. Las pérdidas económicas y en la calidad de vida de los habitantes de ambas regiones cuantifican enormes pérdidas que sólo se acumularán en el futuro, a menos de que tengamos una intervención eficaz.

3. Aumentar significativamente la generación eléctrica renovable -sea en forma de geotermia, solar, eólica, mareomotriz, biomasa- que le permita a nuestra matriz dedicar importantes cantidades de energía para bombear agua río arriba y almacenar energía en forma de agua en los grandes embalses que han sido construidos. Una represa hidroeléctrica es como una gigantesca batería. En la actualidad, sólo se recarga si llueve. Sin embargo, si tuviéramos excesos de energía limpia, podríamos bombear agua para llenar los embalses y contar siempre con esa reserva de energía guardada montaña arriba, tanto para la generación eléctrica como para el consumo humano y la irrigación.

4. Alcanzar, como país, el agua-neutralidad y la desecho-neutralidad. Esto requerirá cambiar el paradigma actual en el que no se considera el valor económico y ecológico que tienen los desechos y el agua que descartamos de nuestros procesos industriales, agrícolas y caseros. Se requerirá invertir fuertemente, en lo público y en lo privado, en plantas de tratamiento de agua, plantas de selección de desechos, programas de capacitación para la clasificación de desechos, y plantas de incineración de desechos combustibles para transformarlos en electricidad.

5. Transformar el casco urbano de la capital en un espacio libre de combustibles fósiles. Crear un espacio, por ejemplo, entre la Casa Presidencial y La Sabana, donde no se permita el ingreso de ningún vehículo impulsado por combustibles fósiles. Ello requerirá incorporar medios de transporte público impulsados con energía limpia -tranvía o monorriel eléctrico, buses y taxis eléctricos, bicicletas de préstamo, etc., y crear incentivos para que los sujetos privados cambien sus vehículos de combustión interna por vehículos eléctricos a precios competitivos.

Adicionalmente a estas cinco prioridades nacionales, hay algunos elementos estratégicos y transversales que deben integrar una política pública de adaptación a largo plazo:

A. Incorporar en lo público y lo privado una campaña constante de bioalfabetización que permita el intercambio de información de manera que los jóvenes cuenten con los conocimientos necesarios para innovar en la dirección requerida, esto es, en la dirección del desarrollo regenerativo. El tema ha sido tratado en una charla de TEDxPuraVida en 2014: Bioalfabeta, ¿y qué?

B. Lanzar una campaña de política exterior a largo plazo que consista en promover la transferencia de fondos del gasto militar global al gasto en crecimiento verde. En Trocar armas por árboles, dijimos lo siguiente:

"Hoy en día, cuando la humanidad se gasta anualmente más de un billón de dólares (en inglés, trillion) en armas y mantenimiento de ejércitos, y en que el cambio climático representa una acumulación de costos sociales, económicos y ambientales presentes y futuros, cuya adaptación requiere, según expertos, unos 100 mil millones de dólares (en inglés 100 billion) anuales, valdría la pena considerar el modelo exitoso de desarrollo sostenible de Costa Rica. El dinero existe. Lo que hace falta es virtud y valentía para tomar las decisiones requeridas."

Pensemos en una gestión en la que Costa Rica, con algunos socios estratégicos como Japón, los Estados Unidos y la Unión Europea, promoviera un esquema -llamémosle "Consenso Verde"- en el que países con alto capital financiero invierten en conservación y desarrollo de nueva biocapacidad en países con alto capital natural, permitiéndole a aquellos reducir su huella ecológica y a estos aumentar su riqueza ambiental.

C. Implementar las políticas públicas requeridas para que, con miras al 2050, Costa Rica alcance la soberanía energética. Esto implica pensar, planear y gestionar todos los cambios en políticas económicas, industriales y de consumo para desvincularnos de los combustibles fósiles (quizás con la excepción del combustible para aviones). Se requerirá, entre otras, transformar la naturaleza jurídica de RECOPE para que se convierta en una biorefinadora o en una empresa gestora de energías renovables, como lo sugerimos anteriormente: RECOPE: Incubadora Costarricense de Bioindustria y RECOPE: Refinar más allá del petróleo.

20141013

El ecosistema de valor: del cambio climático al desarrollo regenerativo


El cambio climático, como todo conflicto, crece en espiral. Las causas desatendidas continúan agravando el problema y haciendo sus consecuencias cada vez más negativas y dañinas para el entorno global. Se requiere, entonces, interrumpir este crecimiento y revertir las tendencias agravantes.

Diagnóstico
Hay tres causas principales que exacerban la crisis climática planetaria, a saber: la industria de la carne de res, el sector transportes y la deforestación. Ellas deben ser atendidas de manera integral entre sí, formando ecosistemas de valor que permitan identificar oportunidades de crecimiento socioeconómico para un desarrollo regenerativo de los ecosistemas naturales.

Existen tres sectores productivos clave en Costa Rica que se relacionan estrechamente con este ecosistema de valor. Ellos son: la inversión extranjera directa, las exportaciones y el turismo.

Las propuestas de transformación deben atender las causas del cambio climático alineadas a los sectores productivos mencionados, de manera que el proceso de cambio sea ordenado y constructivo. Así, se plantean cuatro grandes temas que deben utilizarse como matriz de análisis para dichas propuestas. Se trata del uso del suelo en el territorio nacional (incluyendo el uso del mar territorial), la generación de electricidad, el consumo de electricidad y la valoración de costos y beneficios incorporando externalidades ambientales positivas tanto como negativas.

Para simplificar el planteamiento, se presentan tres ecosistemas de valor, cada uno de ellos atendiendo a cada una de las causas que aceleran el cambio climático. El primero de ellos es la industria cárnica. Si bien en Costa Rica la producción de carne ya no es tan intensiva como solía ser unos 30 años atrás, sigue habiendo gran volumen de producción de ganado para lechería. El encadenamiento con otros sectores productivos podría convertir a la industria cárnica o ganadera en el país en una fuente de recuperación de bosque, fertilidad de la tierra y generación de empleos. Por ejemplo, la producción de pasto hidropónico representa una solución para tierras amenazadas por la sequía, específicamente en Guanacaste. Además de producir alimento para ganado, reduciría la necesidad de destinar vastas extensiones de territorio para el pastar de los animales, pudiendo transformarlo en bosque, en proyectos eco-turísticos de avistamiento de biodiversidad, de estudio científico de procesos ecológicos, de generación de energías renovables (por ejemplo, granjas solares o plantas de biomasa), entre otros.

El segundo ecosistema de valor es el sector transportes, no solo vehicular, sino marítimo y aéreo, estos dos últimos con la circunstancia de que son altamente contaminantes. El transporte marítimo es el más contaminante en relación al peso desplazado y a la fuente del combustible, por lo general búnker o diésel. El transporte aéreo libera emisiones de gas carbónico a una altitud que las hace irrecuperables por métodos naturales, tales como oxigenación de océanos o recuperación de biocapacidad, depositándose casi directamente en la atmósfera.

En lo que a transporte vehicular se refiere, se debe introducir el cambio de paradigma de transportar gente, no vehículos. La manera como se ha desarrollado la cultura del Gran Área Metropolitana los últimos 30 años es que cada persona requiere o procura tener un vehículo propio, en parte porque el transporte público es de mala calidad, y en parte por la vasta extensión de la GAM, que equivale a unas 6 u 8 ciudades en una sola. A manera de ilustración, personas que viven en Paraíso de Cartago trabajan en Santa Ana, y personas que residen en Poás de Alajuela laboran en Puriscal. Esto no tiene sentido aunque el transporte público fuera de primera línea.

Se debe considerar, por lo tanto, una incursión de transporte público masivo que sea altamente eficiente. Es inminente la introducción de un tren eléctrico urbano para movilizar personas en horas pico en zonas de alta congestión vial. También, servicios de buses “express” de punto a punto (tipo “shuttle”) que permitan alimentar al tren y extender el servicio de transporte masivo de personas. Este esquema promovería otros sectores industriales tales como el turismo urbano, la dinámica económica de comercio y servicios de comida, entre otros.

Adicionalmente, si se visualizara una gran área peatonal en el casco urbano, donde sólo se pudiera ingresar a pie o en bici-moto, patineta y demás, haría proliferar encadenamientos productivos de artesanías, arte, comidas, museos, espacios públicos recreativos, actividades educativas, proyectos de reforestación, agricultura urbana, etc. Ello tendría un impacto significativo en el mercado de bienes raíces de la zona. Por ejemplo, se requerirían estaciones para recarga y estacionamiento de bici-motos, hospedaje para turistas, restaurantes y cafés, espacios para el arte y la innovación, entre otros. Por supuesto, esta gran zona peatonal haría más viable la producción de energía renovable, por ejemplo, energía solar, pues se podrían ubicar paneles solares tanto en techos de edificios, así como suspendidos sobre las vías peatonales, proveyendo de sombra y guareciendo de la lluvia a los transeúntes.

El tercer ecosistema de valor es la reforestación. La creación de capital natural se está convirtiendo aceleradamente en elemento estratégico de empresas e instituciones públicas por igual. Identificar de qué manera enriquecer la fuente natural de los insumos o materias primas de toda industria tiene el potencial de que permite atender las causas del problema de manera constructiva y, a la vez, impulsar un desarrollo regenerativo de alto impacto social y económico. También, recuperar ecosistemas tiene un alto potencial de productividad para el sector turístico así como para la ciencia que estudia procesos ecológicos.

Hoy en día, la economía circular constituye el modelo a seguir por las industrias líderes a nivel global, procurando que todo residuo se convierta en insumo para algún otro proceso industrial. De esta manera, no se generan desechos y se aprovecha el valor económico de todo residuo.

La valoración económica de ecosistemas y biodiversidad es una metodología que ofrece la posibilidad de ilustrar, por medio del análisis de costos y beneficios, el impacto positivo y los beneficios que se obtendrían, en una comunidad local o a nivel nacional, de regenerar el uso de suelos para la recuperación de la cobertura boscosa y de la fertilidad.

Además, la proliferación de la biodiversidad representa una interesante oportunidad para procesos de bio-industria, un sector que, globalmente, representa cientos de billones de dólares al año.

Este es apenas el inicio de una conversación que, de ser coordinada transversalmente con sectores público y privado, organizaciones de la sociedad civil y la academia, podría convertirse en un nuevo modelo de desarrollo regenerativo para Costa Rica.

20140427

Azul - (publicado en Cuentos Verdes, 2012)

Este cuento fue incluido como una de las 10 obras ganadoras del concurso y posterior publicación "Cuentos Verdes" en 2012, organizada y patrocinada por Lápiz de Bambú, Editorial Epsilem, Fundación Neotrópica y Su Papel. 
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Daniel, el hermano mayor de Iván, estudiaba en la universidad. Cursaba el tercer año de la carrera de arqueología. Iván, un pre-adolescente en segundo año de colegio, admiraba a su hermano y lo quería muchísimo. Esta era la primera vez que Daniel se iba de la casa por un período prolongado e Iván anhelaba verlo de nuevo.

Los padres de ambos acordaron visitarlo por el fin de semana en su estudio de campo en Diquís, adonde Daniel afanosamente intentaba elaborar explicaciones académicas sobre las majestuosas esferas de piedra de aquel misterioso valle. Hacía un mes que no lo veían.

Iván tenía prohibido este fin de semana usar su perenne vídeo juego, que lo cargaba como un parásito adonde fuera. Sus padres querían que prestara más atención al proyecto universitario de su hermano y que interactuara más con la gente en el lugar. Así que después de muchas horas aburrido en el carro desde la madrugada, finalmente pudo estirar las piernas al mediodía al llegar a Palmar.

Hacía calor. Estaba muy húmedo, como siempre y no se movía ni una hoja. Brillaba el sol y resplandecía el cielo azul aunque se divisaban nubarrones grises y densos a la distancia que presagiaban aguaceros. Llovería en la tarde. El sonido ensordecedor de las cigarras era irritante para Iván.

Daniel los recibió con abrazos efusivos. “Qué, Ivancho, en to’as?”, saludó a Iván. “Pura vida”, respondió este. “No se pierda en los matorrales porque por ahí asustan”, advirtió Daniel. Inmediatamente esto llamó la atención de Iván, acostumbrado a catacumbas y acertijos en sus juegos de vídeo. Se desconectó de la conversación de su hermano con sus padres y comenzó a explorar el terreno.

Había unas bicicletas apoyadas en la varanda. “Y esas biclas?”, le preguntó Iván a su hermano. “La roja es mía”, dijo Daniel. Procedió Iván a travesearla. La montó para dar una vuelta y decidió entrar en uno de los senderos. Después de un par de curvas, llegó a una explanada que más parecía un charral que había sido chapeado hacía un mes. En el centro del lote yacía una enorme esfera de piedra. Pese a que estaba a unos cuantos pasos de distancia, no se podía llegar en bicicleta entre la maleza. Así que decidió volver al sendero.

Cuando volteaba la bicicleta vio la silueta de una niña esconderse detrás de la piedra. “Ey!”, le gritó Iván. Ella no respondió. Se bajó de la bicicleta y fue tras ella en el zacatal que rodeaba la esfera. Era ciertamente enorme, de unos dos metros y medio de diámetro y montada sobre una base también de piedra de unos 30 centímetros que la hacía verse aún más grande.

“¡Ey!”, escuchó que le decían. Iván miró hacia arriba y la encontró subida en la gran piedra. No podía verle el rostro, sólo su silueta que lo cubría del sol. “¿Cómo se subió?”, le preguntó él, asombrado. “Trae la bicicleta y te ayudo”, instruyó ella.

Él corrió entre la maleza que alcanzaba la altura de sus rodillas y con dificultad forzó la bicicleta hasta la piedra. La apoyó y se paró lentamente en la barra, después colocó un pie en el asiento y otro sobre la manivela. Aún así, los brazos extendidos no le llegaban al polo superior de la esfera que estaba caliente por el sol.

 “¡No llego!”, reclamó Iván. La niña se acostó boca abajo en la cúspide de la esfera y extendió sus brazos hasta que sus manos encontraron las de él. “¡Salta!”, le ordenó ella mientras lo haló hasta arriba con una fuerza y una sutileza que sorprendieron a Iván.

“¡Jué, qué alto!”, advirtió él, con asombro. “Cómo te llamas?”, preguntó ella. “Iván”, respondió escuetamente. “Yo soy Azul”, replicó ella. “Ese es tu nombre?”, cuestionó Iván. “Así quiero llamarme”, sentenció ella.

Azul no era una niña. Era una anciana de piel arrugada y pelo blanco atado en una trenza. Vestía una camisa blanca de manga larga que le bajaba casi hasta las rodillas y un pantalón de manta color marrón. Su tono de voz era dulce, amigable. No sonaba como la anciana que era y su fuerza tampoco era la de una persona mayor.

“¿Y qué hace aquí?”, preguntó, curioso, Iván. “Aquí he vivido por mucho tiempo”, respondió Azul, “¿y tú?” “Vine con mi familia a visitar a mi hermano.” “Daniel”, agregó ella, en tono interrogatorio. “¿Cómo sabe? ¿Lo conoce?”, consultó él, sorprendido. “Sé quién es, pero nunca hemos hablado. Le agradezco que quiera y cuide tanto mis piedras”, dijo Azul, acariciando la roca en la que estaban ambos sentados.

“¿Son muchas?”, preguntó Iván. “Cientos”, dijo ella, “pero quedan pocas aquí. Se las han ido llevando”, agregó. “Quiénes?”, inquirió Iván. “Distintas personas. Estuvieron bien resguardadas hasta que llegaron los que vinieron a botar el bosque y matar los animales. Aquí había un bosque interminable lleno de humedales y miles de animales. Todo se ha ido extinguiendo y sólo queda el recuerdo de lo que fue”, dijo Azul, con evidente nostalgia.

“Yo no veo muchos animales por acá, aparte de la cantidad de mosquitos y cigarras”, musitó Iván, creyendo consolarla. “Si quieres, te enseño cómo era todo esto”, propuso Azul, “cierra los ojos y te llevo con la mente.” Iván accedió.

“Toma una respiración profunda y exhala lentamente,” comenzó Azul. “Sentirás que tu cuerpo es muy leve y flota sobre la piedra…” Iván sintió que flotaba en el aire y comenzó a visualizarse por encima de la piedra, luego por encima de la selva, y pronto pudo visualizar las dos costas ricas del istmo centroamericano. “Vas a sentir que viajas a la velocidad de la luz y más, y sentirás que transcurre mucho tiempo en pocos segundos”, continuó ella. “Lentamente, volvemos a la piedra”, murmuró Azul.

El descenso fue veloz y, al aproximarse a la esfera, Iván percibió la selva diferente. Lo que era pasto y maleza se había tupido de inmensos árboles. Volaban múltiples bandadas de aves multicolores. Los sonidos animales provocaban un barullo escandaloso. Aves piaban, congos aullaban, ranas croaban. Manadas de monos se desplazaban con asombrosa agilidad entre las ramas de los árboles. Parecía que jugaban. Unos eran de cara blanca. Otros más oscuros de brazos extensos. Aún otros, los más ágiles de todos, bajaban al suelo, corrían, subían de nuevo, chillaban ruidosamente. ¡La selva parecía estar de fiesta!

El suelo estaba cubierto de hojas secas y había familias enteras de mapaches, tepezcuintes y zorrillos por doquier. Una que otra serpiente anidaba o guindaba de los árboles. También se divisaba algún ocelote con cría y una manada de tapires que recorrían la orilla de un riachuelo.

“¿Cuánto tiempo ha transcurrido?”, preguntó Iván “¡todo cambió muy rápido!”, exclamó. “Nos hemos devuelto 600 años en el tiempo. Así lucía esta selva entonces”, afirmó Azul. “¿Y por qué cambió tanto?”, consultó de nuevo él. “¿Un incendio?”, sugirió. “Ha habido muchísimos, siempre. Cuando cae un rayo y algún árbol se incendia, el fuego se propaga velozmente por las hojas secas del suelo. Eso le cae bien al bosque pues las cenizas le agregan fertilidad a la tierra,” explicó ella.

“Tal vez algunos extraterrestres vinieron y se llevaron los árboles,” continuó elaborando Iván. “¡Te acercas a la respuesta correcta!”, anunció Azul. “Sólo que no eran seres de otro planeta, sino de este mismo,” sentenció. “¿Y por qué lo hicieron?”, inquirió Iván.

“Tu pregunta es pertinente. La persona que entra al bosque a llevarse algo no lo hace pensando en causar un daño sino en obtener un beneficio. Sin embargo, desconoce el costo que tiene para el bosque aquello que se ha llevado. Podemos entrar al bosque y llevarnos los frutos maduros de los árboles. Uno de los costos es el tiempo que le tomará a esos árboles producir nuevos frutos maduros. Si entramos al bosque y nos llevamos los árboles que daban frutos, el costo es mucho mayor pues, aparte del tiempo necesario para que vuelvan a crecer nuevos árboles, tampoco habrá más frutos,” ilustró Azul.

“Pero no todos los árboles dan frutas”, afirmó Iván. “Precisamente,” agregó Azul, “el que se lleva el árbol pensando no en sus frutos sino en su madera para leña o para construcción sigue procurando el beneficio sin pensar en el costo de renovación del árbol en el ecosistema.” Iván quería saber más: “¿Cuánto tiempo dura creciendo un árbol?”

“Depende de la especie. En estos bosques ha habido especies que requieren quinientos años para alcanzar la madurez, como el guayacán real,” explicó Azul. “¡Quinientos años!”, exclamó Iván, atónito. “Entonces si los sembramos hoy jamás los veré madurar!”, agregó.

“Así es. Sin embargo, los miles de árboles de quinientos y más años de madurez han sido talados en procura de beneficios que el bosque ha generado para algunas personas en el pasado,” analizó Azul.

“Pero ¡nos hemos quedado sin árboles! ¡No tenemos ni frutas ni madera…!”, recriminó Iván. “Ni bosque, ni nidos de aves, ni hojas secas para producir nueva tierra,” añadió Azul. “La degradación de un ecosistema desplaza la vida habitual del bosque –su hábitat- y disminuye permanentemente la riqueza natural del medio ambiente,” explicó.

“¿Cómo se mide la riqueza del bosque aparte de frutas y madera?”, consultó Iván. “El aire limpio y el agua potable que consumimos viene, en buena parte, de los árboles que liberan el vapor de agua que forma nuevas nubes y lluvia. También liberan oxígeno, esencial para la respiración de las especies animales. Imagínate que tuvieras que pagar por limpiar el aire y el agua. ¿Cuánto te costaría?”, planteó ella. “Sería carísimo…”, intuyó Iván. “Y además prácticamente imposible que el ser humano produzca todo el oxígeno y vapor de agua necesarios para que florezca la vida en el planeta entero. Esos son servicios ambientales por los que no pagamos pero son la esencia para la vida. Es la mayor riqueza que existe,” concluyó Azul.

“Pero también necesitamos comer y construir casas, mesas, sillas…”, declaró Iván. “Por supuesto, y eso nos obliga a buscar el balance entre lo que podemos llevarnos del bosque y el tiempo que tomaría regenerar aquello. Por ejemplo, si hay una siembra de manzanas que produce suficiente para que todos comamos, pareciera que lo mejor es llevarse las frutas pero no los árboles,” explicó Azul. “Continuemos la visualización,” propuso ella.

Iván visualizó elevándose de nuevo y desplazándose por encima del enorme bosque. Veía caudalosos ríos y voluminosas cascadas rodeadas de un espeso manto pintado de diferentes tonos de verde. Parecía tener la textura de una suave alfombra. Iván siguió los caminos dibujados por las cascadas y los ríos elevándose entre las montañas cubiertas de niebla, nubes y alguna llovizna.

“Estamos llegando al Gran Valle del Jaguar,” anunció Azul. Iván divisó tres protuberancias a lo largo de la inmensa cordillera. Los cráteres de tres volcanes eran imponentes muestras de la entraña de la Tierra que busca salida para respirar y liberar energía de vez en cuando.

“¿Por qué se llama así?”, preguntó Iván. “Este lugar es sagrado,” inició Azul. “Por miles de años las cenizas de estos volcanes han bañado el bosque del valle y lo han convertido en la tierra más fértil de la región. Los árboles aquí crecen más rápido, más alto, más fuertes. Los frutales dan frutos todo el año. Aquí siempre es fresco, siempre es soleado, siempre hay agua. La fiesta de la selva que viste en el Diquís aquí se hace carnaval. Aquí encuentras a los reyes de la selva porque es donde hay más comida. Aquí reina el jaguar y la pantera. Son criaturas imponentes, maravillosas,” agregó.

“¿Peligrosas?”, inquirió Iván. “El jaguar y la pantera son celosos de su territorio, igual que muchos otros animales e incluso los seres humanos. Ellos suelen buscar alimentos del tamaño de sus necesidades. Son grandes cazadores. Pueden subir a los árboles y nadar con agilidad. De noche son infalibles. Además, las panteras son invisibles en lo oscuro, y además sigilosas, que de un zarpazo neutralizan a cualquier presa. Por eso los pobladores de lugares aledaños consideran al Gran Valle sagrado. Es hermoso,” manifestó Azul. “Al amanecer y al atardecer hay estremecedor concierto de aves, desde el melodioso yigüirro hasta el armónico cuyeo…”, continuó.

“¿Qué es un cuyeo?”, preguntó Iván. “Hace días no se oyen. Su nombre es una onomatopeya, pues es una pequeña ave que, con su característico sonido, pareciera estar diciendo ‘cuyeocuyeo…’”, explicó Azul. “Se han ido con los bosques, sobre todo con las especies de árboles frutales que es de lo que se alimentan esa y otros cientos de especies de aves más en estas tierras,” lamentó Azul. “Cientos?”, repreguntó Iván. “Claro! Por aquí habitan más de ochocientas especies diferentes de aves. Todas necesitan árboles para anidar o frutas para alimentarse,” respondió ella.

Iván se visualizó sobrevolando los bellos montes que dan inicio a las extensas praderas del Pacífico norte. “Este es el bosque tropical seco, una joya en el ecosistema planetario,” avisó Azul. “¿Cuál es su riqueza?”, consultó Iván. “Es un bosque muy cambiante según la temporada. En época seca los árboles pierden su follaje. Parecen esqueletos. Los animales grandes, como venados y monos, migran a otras zonas en busca de comida. En la época de lluvias regresa la vida a la zona con el florecimiento de árboles y el correr de riachuelos que forman grandes lagunas y humedales río abajo. Regresan los venados, proliferan los anfibios como ranas, serpientes e iguanas y abundan los monos.

“¿Es posible recuperar el bosque?”, continuó preguntando Iván. “Claro que sí, sólo que toma muchos, muchos años,” explicó Azul, “lo importante es sembrar nuevos árboles y garantizar que llegarán a maduros. Eso es lo importante de proteger bosques para la posteridad,” agregó. “¿Como los Parques Nacionales?”, consultó Iván. “Exactamente,” respondió ella. “¿Y por qué no hay más parques nacionales?”, inquirió Iván, siempre acucioso. “Es una buena pregunta y me temo que no tengo una buena respuesta,” respondió Azul con franqueza. “Es un esfuerzo nacional que tiene grandes beneficios para todos, no sólo para el pueblo sino también para la biodiversidad local y para la vida en el planeta. Lo mismo se puede hacer con las zonas costeras, protegiendo las que aún mantienen su ambiente natural o tienen alguna característica particular en el ecosistema. Por ejemplo, las playas donde anidan tortugas. Hay pocos lugares en el mundo adonde esto sucede. En estas ricas costas anidan cinco de las siete especies de tortugas marinas en el mundo,” celebró ella.

 “¡Qué riqueza!”, exclamó Iván. “Sin embargo pocas personas lo saben,” lamentó Azul. Todavía es mucho lo que se puede avanzar en bio-alfabetización,” planteó ella.

“¿Qué es eso?”, preguntó Iván. “¿A qué te suena?”, devolvió Azul. “Suena como a saber leer biología,” sugirió Iván, casi riéndose. “¡Muy bien! Es saber leer y entender los procesos biológicos, o sea, los procesos de la vida,” aclaró ella, y agregó: “Como el ciclo del agua y del oxígeno que hablábamos antes, y el proceso de descomposición de desechos orgánicos para la creación de nueva tierra fértil, las cadenas alimenticias entre especies, la fotosíntesis para el crecimiento de materia vegetal que es alimento para todos, y por supuesto que también es importante entender el proceso del cambio climático del cual se habla hoy en día.”

“¿El calentamiento global?”, tanteó Iván. “Sí, esencialmente ese es el síntoma más evidente y es un aumento en la temperatura a largo plazo en todo el planeta. En los últimos 30 años la temperatura promedio en la Tierra ha subido casi un grado centígrado. Eso afecta el ciclo del agua pues derrite el hielo en los polos y glaciares, aumenta la evaporación de agua de mar y altera la estabilidad de ecosistemas, conduciendo a miles de especies vivas a la extinción,” sentenció Azul. “¿Sabes qué provoca el cambio climático?”, le preguntó a Iván.

“¿Serán los gases de efecto invernadero?”, sugirió él, en tono interrogatorio. “Sí, en buena parte,” respondió Azul. “En realidad el vapor de agua es uno de esos gases que retiene el calor en el planeta e impide que regrese al espacio exterior. También hay un efecto importante en el clima global por cuenta de la deforestación. Los bosques absorben mucho carbono del aire, así que al cortar bosque reducimos la capacidad del planeta de limpiar los gases contaminantes de la atmósfera,” agregó.  

“Entonces ¿cómo se resuelve este gran problema?”, consultó Iván, preocupado. “Se requerirá un cambio de conciencia. Esto sólo sucederá cuando entendamos las causas y consecuencias del conflicto. Cada persona tiene un efecto en el medio ambiente. Debemos reducir la degradación ambiental, o sea, el efecto negativo, y aumentar la regeneración, que es el efecto positivo en el medio ambiente,” explicó Azul.

“Por eso es importante la bio-alfabetización,” afirmó Iván. “Es esencial,” decretó ella, “si no entendemos que vivimos en un planeta vivo, será imposible respetar los elementos que hacen posible el florecimiento de la vida en el planeta,” concluyó.

 “¡Es muy interesante!”, exclamó Iván con deleite, “hasta tengo ganas de ir a clase de ciencias el lunes!”

“Si quieres, regresamos a la piedra,” propuso Azul.

Iván visualizó de nuevo las planicies del Pacífico norte. Volaron por encima de la cuenca del gran Tempisque hasta el Golfo de Nicoya. Desde ahí se veía el litoral imponente: oleaje fuerte -no tan pacífico- brisa de mar, selva verde hasta la orilla de la playa. En el mar se veían sombras grandes de ballenas con sus crías y sombras más pequeñas de delfines, tiburones, atunes, peces espada y una innumerable variedad de escuelas de peces de menor tamaño. Iván se sentía emocionado y orgulloso de provenir de esta costa rica. ¡Riquísima!

Llegaron pronto a Sierpe, a ese magnífico fiordo tropical que es el Golfo Dulce. Se adentraron sobre el bosque y pronto divisaron la esfera de piedra y descendieron nuevamente sobre ella.

“Ya puedes abrir los ojos,” anunció Azul. “¡Qué experiencia más fantástica!”, exclamó Iván. Azul no respondió. Iván miró a su alrededor y Azul ya no estaba. Cerró los ojos de nuevo intentando visualizarla y no lo logró. Luego se percató de que no podía recordar el rostro de ella. Recordaba su voz y su camisa blanca de manga larga y nada más.

 “¡Ydiay güevinches! ¿Qué te habías hecho?”, escuchó la voz de su padre, quien estaba en el sendero al borde del matorral que rodeaba la gran esfera de piedra. “¡Te hemos buscado por todas partes! ¿Cómo te encaramaste en esa piedra?”, preguntó, suspicaz, el señor. Había transcurrido una hora y estaban preocupados por Iván. “¡Bajate de ahí y vamos a almorzar, rápido!”, comandó su padre.

“Pa, me ayuda a bajar, porfa. Es que estoy muy alto…”, rogó Iván. “¿Y cómo te subiste?”, preguntó su padre. “Usando la bicicleta,” respondió Iván, escondiendo parte de la verdad.

Su padre caminó hacia la piedra y sintió la presencia de alguien más en el lugar. Paró y miró hacia atrás pero no vio nada. Continuó caminando y al llegar a la gran esfera de piedra creyó ver una figura humana vestida de blanco detrás de la piedra. De nuevo, no pudo precisar nada. Ayudó a Iván a bajar y caminaron juntos de regreso al estacionamiento conversando sobre biodiversidad y ecología.

Iván devolvió la bicicleta a la baranda a la vez que su padre le comentaba a su madre y hermano que creía haber visto a alguien cerca de la esfera sobre la cual encontró a Iván. Daniel les recordó que por ahí asustaban, mientras le guiñaba el ojo a Iván pues sabía que no era posible subir por su cuenta a la esfera mayor.